viernes, 16 de enero de 2026

Tiza y sacrificio: Las vidas cruzadas de Alejandro Casona y Atilano Coco.

La historia de la Segunda República Española no puede entenderse sin la labor de sus maestros, aquellos "ejércitos de la luz" que buscaron modernizar el país a través de la cultura y la educación. Entre estas figuras destacan dos nombres con orígenes y finales distintos, pero unidos por una vocación pedagógica inquebrantable: Alejandro Casona y Atilano Coco.

Alejandro Rodríguez Álvarez, conocido universalmente como Alejandro Casona, representó la simbiosis perfecta entre las letras y la enseñanza. Nacido en una familia de maestros en Asturias, su destino parecía trazado desde la infancia. Su formación fue rigurosa: tras estudiar en Gijón y Murcia, en 1922 entró en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio de Madrid, el epicentro de la vanguardia pedagógica española.

En 1926, tras obtener su plaza de Inspector en el Valle de Arán, Casona experimentó el choque entre su formación académica y la realidad de una España aislada. En estas tierras fronterizas, no solo supervisó escuelas, sino que fundó el "Teatro Infantil de las Misiones", donde comenzó a vislumbrar que el arte era el camino más corto para despertar la conciencia de un pueblo.

Su sensibilidad, alineada con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fue detectada por Manuel Bartolomé Cossío, quien lo puso al frente del Teatro del Pueblo. Bajo su dirección, el proyecto no buscaba el aplauso de la crítica, sino la "comunión" con el campesino. Casona adaptó piezas de Lope de Vega y Calderón, simplificando el lenguaje pero manteniendo la esencia poética. El estallido de la guerra lo encontró en Madrid, donde mantuvo su compromiso montando representaciones en hospitales de sangre hasta que el exilio en 1937 lo llevó a México y luego a Argentina.

Lejos de España, su obra literaria alcanzó su madurez, teñida por la melancolía del destierro. En Argentina escribió sus piezas más célebres: La dama del alba (1944), una elegía a su Asturias natal donde la muerte se humaniza, y Los árboles mueren de pie (1949), donde la fantasía sirve como refugio ante la dureza de la realidad. Estas obras no fueron solo literatura, sino la continuación de su labor pedagógica, buscando ahora sanar las heridas del alma a través de la belleza y la esperanza.

Mientras Casona recorría España con sus escenarios itinerantes, en Salamanca, Atilano Coco representaba una faceta de la intelectualidad republicana que fusionaba la fe evangélica con el reformismo social. Atilano no era un maestro convencional; su estancia en Inglaterra le había dotado de una visión del mundo plural y tolerante, difícil de encajar en la rígida estructura de la España de los años treinta.

Coco ejerció como pastor protestante y presbítero de la Iglesia Española Reformada Episcopal, dirigiendo la escuela adjunta a la Iglesia Anglicana. Su labor educativa buscaba la formación integral, más allá de los dogmas, lo que le llevó a obtener el título oficial de maestro por la Universidad de Salamanca en abril de 1936. Sin embargo, su perfil se volvió peligroso para los sectores más reaccionarios debido a su militancia en el Partido Republicano Radical Socialista y su papel como maestro en la logia masónica Helmántica.

Tras el alzamiento militar, Atilano fue detenido bajo la acusación de "propaganda de ideas disolventes" y su pertenencia a la masonería. Su proceso careció de las mínimas garantías legales. En los archivos de la represión consta que su condición de pastor protestante fue utilizada como agravante, equiparando su fe no católica con una traición a la identidad nacional. Fue recluido en la prisión provincial de Salamanca, donde su nombre fue incluido en una de las fatídicas "sacas" de presos.

Es aquí donde su historia se cruza de forma dramática con la de Miguel de Unamuno. La esposa de Atilano, Enriqueta Carbonell, acudió desesperada al rector de la universidad para pedir clemencia. Unamuno, profundamente afectado por la detención de su amigo y compañero de tertulia, llevó en su bolsillo el nombre de Atilano Coco durante su famoso enfrentamiento con Millán-Astray el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo.

A pesar de las gestiones del filósofo, que incluso llegó a entrevistarse con Franco, la maquinaria represiva no se detuvo. En la madrugada del 9 de diciembre de 1936, Atilano fue fusilado en el monte de La Orbada. Su muerte dejó una profunda huella de amargura en los últimos días de Unamuno, quien vio en el sacrificio del maestro protestante el fin de la esperanza de una España dialogante.

El destino de Casona y Coco ilustra la fractura de una generación. Mientras que Casona pudo sobrevivir en el exilio para ver sus obras representadas en todo el mundo, Atilano Coco se convirtió en una de las primeras víctimas del silencio impuesto.

Ambos encarnaron el espíritu de una República que puso al maestro en el centro del escenario nacional. Sus trayectorias nos recuerdan que la educación y la cultura fueron los mayores sueños de aquel tiempo, pero también las primeras víctimas de su destrucción.

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