La Segunda República Española (1931-1939) representó uno de los periodos más ambiciosos para la educación en España. El proyecto republicano situó al maestro en el centro de la transformación social, considerándolo el "alma de la escuela". Sin embargo, este compromiso con el progreso y la cultura tuvo un coste altísimo para quienes lo lideraron. A través de las figuras de Mariano Sáez Morilla, Josep Sagrera y José Sánchez Rosa, podemos trazar la cartografía de una vanguardia pedagógica que abarcó desde el institucionalismo hasta el racionalismo, y que fue truncada por el estallido de la Guerra Civil.
Para comprender la trayectoria de estos maestros, es imprescindible analizar el papel de las Escuelas Normales de la época. Bajo la República, estas instituciones no solo eran centros de formación técnica, sino auténticos laboratorios de ciudadanía. El Plan Profesional de 1931 revolucionó el magisterio: se exigió el bachillerato completo para ingresar, se elevaron los sueldos y se dio una importancia inédita a la formación humanística y pedagógica.
Las Normales se convirtieron en focos de irradiación cultural. Fue en estos centros donde se gestó la superación del modelo de memorización rancia en favor de una enseñanza basada en la observación, el pensamiento crítico y la justicia social. Los directores y profesores de las Normales eran vistos como referentes intelectuales en sus provincias, lo que explica por qué, tras el golpe de 1936, las Escuelas Normales fueron uno de los primeros objetivos de la depuración y la represión franquista.
Mariano Sáez Morilla personificó la conexión entre la formación académica de élite y el compromiso rural. Como director de la Escuela Normal de Maestros de Pamplona, su labor no se limitó a la gestión administrativa, sino que se enfocó en la modernización de los planes de estudio y la dignificación de la profesión docente en una región marcada por fuertes tensiones tradicionales.
Junto al geógrafo y escritor Leoncio Urabayen, Sáez Morilla fue el motor de las Misiones Pedagógicas en Navarra. Este proyecto, inspirado por la Institución Libre de Enseñanza, buscaba llevar la cultura —libros, cine, teatro y arte— a los rincones más remotos y analfabetos de la geografía española. Bajo su dirección, las misiones recorrieron los valles navarros, rompiendo el aislamiento de los campesinos y sembrando el ideal republicano de una ciudadanía informada. Su trágico final, fusilado tras el golpe de Estado de 1936, simboliza la voluntad del bando sublevado de extirpar de raíz cualquier rastro de pensamiento crítico y modernidad educativa.
En el contexto catalán, la figura de Josep Sagrera destaca por su capacidad de hibridar el magisterio con el derecho y el activismo cultural. Licenciado por la Escuela Normal de Gerona y en Derecho por la Universidad de Barcelona, Sagrera fue un firme defensor de la identidad catalana a través de las aulas.
Su labor al frente de la Academia Palafrugellense desde 1899 marcó un hito en la comarca. La academia se distinguió por ser un centro laico en una época de fuerte dominio religioso, ganando un prestigio extraordinario por su metodología en la enseñanza de las matemáticas y, sobre todo, por el trato humano y personalizado hacia el alumnado. Su compromiso político se manifestó en la presidencia de la delegación de Palafrugell en la Asociación Protectora de la Enseñanza Catalana, una entidad clave para la normalización del catalán en la escuela. Aunque falleció de causas naturales durante la República, su legado permanece vivo mediante un premio anual de investigación escolar que lleva su nombre, manteniendo encendida la llama de la curiosidad intelectual que él mismo promovió.
Si Sáez Morilla representó el estado republicano y Sagrera el catalanismo pedagógico, José Sánchez Rosa fue la voz de la pedagogía racionalista y el compromiso con la clase obrera. Discípulo directo de Fermín Salvochea y seguidor de las tesis de Francisco Ferrer Guardia, Sánchez Rosa llevó el modelo de la Escuela Moderna a Andalucía.
Fundó escuelas racionalistas en localidades como Los Barrios, Aznalcóllar y, de forma muy significativa, en el barrio de Triana en Sevilla. Sus manuales de pedagogía no eran simples libros de texto; eran herramientas de emancipación. Basándose en el laicismo, la coeducación de sexos y clases, y la enseñanza científica, Sánchez Rosa enseñó a leer y escribir a miles de obreros y campesinos que el sistema tradicional había abandonado. Para él, la aritmética y la gramática eran armas contra la explotación. Su asesinato por los sublevados en Sevilla, en julio de 1936, fue un intento de silenciar a quien había dotado de conciencia y voz a los más desfavorecidos.
El análisis de estas tres vidas revela un patrón común: la educación entendida como un servicio público y una herramienta de liberación. Ya fuera a través de la formación de nuevos maestros en Navarra, la excelencia académica en Cataluña o el racionalismo obrero en Andalucía, estos tres maestros compartieron la visión de una España más culta y justa.
La represión que sufrieron Sáez Morilla y Sánchez Rosa no fue casual; se dirigió contra los "arquitectos de la República". Hoy, la recuperación de su memoria no es solo un acto de justicia histórica, sino un recordatorio de la importancia de defender una enseñanza basada en los valores de la libertad, el raciocinio y la solidaridad.
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