sábado, 3 de enero de 2026

La Asociación para la Enseñanza de la Mujer (AEM): Crónica de una Revolución Educativa en España (1870-1920).

La historia de la educación en España tiene un hito fundamental en el año 1870 con la creación de la Asociación para la Enseñanza de la Mujer (AEM). Este ambicioso proyecto pedagógico, liderado por el intelectual Fernando de Castro y Pajares, no solo buscaba ofrecer instrucción académica a la mujer, sino transformar su rol social, defendiendo su capacidad intelectual y su derecho a una formación integral y profesional.

Durante gran parte del siglo XIX, España se encontraba sumida en un notable atraso industrial y agrario. Este estancamiento económico alimentaba una mentalidad conservadora que no veía con buenos ojos la instrucción formal de la mujer, relegándola casi exclusivamente al ámbito doméstico y a una formación básica en "labores propias de su sexo".

Sin embargo, el panorama cambió drásticamente con la Revolución de 1868, conocida como "La Gloriosa". Este levantamiento dio inicio al Sexenio Democrático, un periodo de apertura y libertades sin precedentes. Uno de los pilares de este cambio fue el Decreto de Libertad de Enseñanza de 1868, que rompió el monopolio del Estado y la Iglesia en la educación, motivando a una élite de intelectuales y catedráticos a promover una sociedad más ilustrada y equitativa.

En este escenario surge la figura de Fernando de Castro, rector de la Universidad Central de Madrid, quien se convirtió en el principal valedor de la educación femenina. Castro, influenciado por el krausismo —corriente filosófica que defendía la armonía social a través de la educación y la igualdad de naturaleza entre hombres y mujeres—, entendía que la transformación de España pasaba inevitablemente por la cultura femenina.

Antes de la fundación oficial de la Asociación, Castro puso en marcha iniciativas precursoras:

  • Conferencias Dominicales: Charlas gratuitas sobre la educación de la mujer que tuvieron un éxito masivo.

  • El Ateneo Artístico y Literario de Señoras.

  • La Escuela de Institutrices: Este centro fue el verdadero detonante. Al ofrecer la educación más amplia del país para mujeres, demostró que existía una demanda real y una capacidad de aprendizaje que la estructura oficial ignoraba.

La AEM no solo innovó en qué se enseñaba, sino en cómo se enseñaba. Su metodología rompía con el aprendizaje memorístico imperante en la época, basándose en los principios de la pedagogía moderna:

  • Educación Integral: Se buscaba el desarrollo armónico de las facultades físicas, intelectuales y morales. No se trataba de acumular datos, sino de formar el criterio de la alumna.

  • Exámenes Rigurosos: Para garantizar el prestigio de sus títulos, las asignaturas del campo de las humanidades y las ciencias contaban con exámenes anuales, tanto orales como escritos, que ponían a prueba la comprensión profunda de los temas.

  • Fomento del Pensamiento Crítico: Las clases fomentaban el diálogo y la curiosidad, preparando a las mujeres para ser colaboradoras esenciales en la transformación de la sociedad.

El éxito de la Asociación fue posible gracias a la colaboración de los intelectuales más brillantes de la España del momento, muchos de los cuales formarían más tarde la columna vertebral de la Institución Libre de Enseñanza (ILE):

  • Francisco Giner de los Ríos: Amigo cercano de Castro y pieza clave en la docencia de la Asociación. Su visión de una educación laica y progresista fue fundamental para el desarrollo de las escuelas.

  • Concepción Arenal: Aunque su labor principal fue la reforma penitenciaria y social, su influencia y apoyo intelectual fueron constantes en los círculos que defendían la emancipación femenina a través de la cultura.

  • Gumersindo de Azcárate y Nicolás Salmerón: Catedráticos que aportaron el rigor académico y el respaldo institucional necesario para que la AEM fuera respetada en el ámbito universitario.

Fundada en 1870, la AEM nació con el objetivo de profesionalizar el futuro laboral de la mujer. Su estructura académica fue sumamente innovadora para la época, agrupando diversas escuelas bajo una misma visión pedagógica.

La Asociación ofrecía un itinerario completo que abarcaba desde la infancia hasta la formación técnica:

  1. Escuela de Institutrices: La joya de la corona. Formaba a las futuras educadoras con un plan de estudios de tres años. Servía como lanzadera para optar a estudios universitarios, algo revolucionario entonces.

  2. Escuela de Comercio: Contaba con un ambicioso plan de estudios de dos años, orientado a dotar a la mujer de independencia económica a través de la gestión mercantil.

  3. Escuelas de Primaria, Preparatoria y Secundaria: Un sistema escalonado (Primaria de 6 a 10 años, Superior de 10 a 15) que preparaba a las alumnas para el ingreso en las escuelas profesionales de la Fundación.

  4. Secciones de Idiomas, Música y Arte: Espacios donde se ampliaban conocimientos en disciplinas artísticas y lingüísticas, reforzando el carácter cosmopolita de la formación.

A lo largo de su historia activa, aproximadamente 6.000 alumnas pasaron por sus aulas, rompiendo barreras y demostrando que la mujer no era inferior en capacidad intelectual. Despertó un interés genuino de las mujeres por sus propios estudios, empoderándolas como sujetos activos de su propia historia.

La Asociación se mantuvo como el motor de este cambio hasta la década de 1920. Trágicamente, durante la Guerra Civil Española, la institución fue saqueada. No obstante, tras el conflicto, logró reabrir sus puertas reconvertida en un colegio de barrio, manteniendo viva la llama del compromiso con la cultura que Fernando de Castro prendió décadas atrás.

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