Fernando de Castro Pajares (1814-1874) representa una de las figuras más poliédricas y fascinantes de la España del siglo XIX. Sacerdote de formación, catedrático por vocación y político por necesidad ética, su vida fue un tránsito constante desde la ortodoxia religiosa hacia un humanismo radical que puso el foco en la libertad de cátedra, la emancipación de la mujer y la abolición de la esclavitud.
Nacido en Sahagún (León) el 30 de mayo de 1814, la vida de Fernando de Castro estuvo marcada desde temprano por la pérdida y el rigor. Huérfano a los doce años, encontró refugio inicial en la orden de los Franciscanos Descalzos. Sin embargo, las desamortizaciones de Mendizábal en 1835 alteraron su destino, obligándolo a abandonar la vida conventual para ingresar en el Seminario Conciliar de León.
Su brillantez intelectual fue temprana. Tras ordenarse sacerdote, desempeñó cargos de relevancia en su provincia, incluyendo la fundación de la Biblioteca Provincial de León con fondos de conventos suprimidos. En 1844 se trasladó a Madrid, donde obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Central. Su elocuencia y formación lo llevaron a ser nombrado capellán de honor de la reina Isabel II en 1850. No obstante, su inquietud intelectual pronto lo alejaría del dogmatismo cortesano.
El año 1853 marca el inicio de su metamorfosis intelectual tras entrar en contacto con Julián Sanz del Río. La adopción del krausismo —corriente basada en las ideas de Karl Christian Friedrich Krause— supuso para Castro una nueva forma de entender la relación entre Dios, el hombre y el Estado.
Para Castro, el krausismo no era una negación de su fe, sino su evolución hacia un teísmo humanista. Esta filosofía defendía:
La unidad de la humanidad: La idea de que todos los seres humanos forman parte de un organismo superior y deben colaborar en su perfeccionamiento.
La educación como regeneración: La convicción de que solo a través de la cultura y la ciencia se podía modernizar España.
La autonomía de la razón: El respeto absoluto a la conciencia individual frente a la imposición de dogmas externos.
Esta evolución lo llevó a una ruptura inevitable con las instituciones tradicionales. En 1861, tras su famoso "Sermón de las Barricadas", dimitió como capellán real, presagiando el "terremoto social" que acabaría con el reinado de Isabel II.
Con el triunfo de la Revolución de Septiembre de 1868, Castro fue nombrado Rector de la Universidad Central de Madrid. Su gestión (1868-1870) fue el experimento pedagógico más avanzado de su tiempo.
Libertad de Cátedra: Fue el primer rector en defender que el profesor no debe ser un funcionario del pensamiento oficial del Estado, sino un buscador independiente de la verdad.
Despolitización y Descentralización: Propuso sustraer la enseñanza de las luchas de partidos, abogando por un modelo administrativo donde la Universidad fuera independiente del gobierno de turno.
Apertura a la Sociedad: Abrió las puertas del Paraninfo a las clases obreras. Justamente a sus clases acudió un joven Pablo Iglesias, quien más tarde recordaría la influencia de estas lecciones en su formación como líder social.
El legado más perdurable de Castro es su lucha por la educación femenina. En una época donde la instrucción de la mujer se limitaba a nociones básicas de religión y labores domésticas, Castro rompió moldes con las Conferencias Dominicales de 1869.
En 1870 fundó la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, institución que presidió hasta su muerte. Sus objetivos incluían la formación de institutrices, la educación integral para formar el carácter y la habilitación profesional de la mujer para asegurar su independencia económica.
La relación entre Fernando de Castro y Concepción Arenal fue una de las alianzas intelectuales más potentes de la España decimonónica. Ambos compartían una base ética común: el humanismo cristiano evolucionado hacia un reformismo social basado en la caridad racional y la justicia.
Castro vio en Concepción Arenal la encarnación de la "mujer nueva" que él pretendía formar en la AEM. Arenal colaboró estrechamente con los proyectos de Castro, aportando su visión sobre la necesidad de instruir a la mujer no solo para el hogar, sino para el ejercicio de la ciudadanía y la caridad pública. Castro apoyó la difusión de las ideas de Arenal, quien por entonces ya era una autoridad en derecho penitenciario y cuestiones sociales.
Donde su colaboración fue más visible fue en la Sociedad Abolicionista Española. Ambos consideraban que la esclavitud era la máxima negación de la dignidad humana y el mayor obstáculo para el progreso moral de la nación. Mientras Castro aportaba su púlpito intelectual y político (especialmente como Senador), Arenal aportaba su pluma incisiva y sus ensayos, que eran distribuidos por la Sociedad para concienciar a la opinión pública sobre la barbarie en Cuba y Puerto Rico.
Compartieron también una visión moderna de la asistencia social. Para ellos, la limosna tradicional debía dar paso a la "beneficencia científica", donde la educación fuera la herramienta principal para que el desfavorecido pudiera salir de su condición por su propio pie.
La muerte prematura de Fernando de Castro en 1874 no supuso el fin de sus proyectos; al contrario, sus ideas germinaron en una generación de intelectuales que definieron la cultura española de las décadas siguientes.
Tras su fallecimiento, la Asociación para la Enseñanza de la Mujer quedó en manos de sus colaboradores más cercanos:
Manuel Ruiz de Quevedo: Sucedió a Castro en la presidencia de la AEM.
Gumersindo de Azcárate: Aportó el rigor intelectual necesario para mantener la Asociación en la vanguardia.
Víctor Ruiz Albéniz y Lucas Aguirre: Impulsores de las "Escuelas Aguirre".
Fernando de Castro es el precursor directo de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Figuras como Francisco Giner de los Ríos y Nicolás Salmerón heredaron su concepto de "educación para la vida" y su rechazo al dogmatismo estatal.
Su labor fue recogida por las grandes pedagogas del siglo XX, como María de Maeztu, quien vería en los centros de la AEM un antecedente directo de la Residencia de Señoritas y el Lyceum Club.
Fernando de Castro falleció en Madrid el 5 de mayo de 1874. En un acto final de coherencia con sus ideas de libertad de conciencia, rechazó los auxilios espirituales católicos tradicionales y pidió ser enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, junto a su mentor Sanz del Río.
Obras destacadas:
Historia General de España (1852)
Memoria sobre los sistemas de segunda enseñanza (1859)
Los Caracteres Históricos de la Iglesia Española (1866)
La libertad de la ciencia y la independencia de su magisterio (1868)
Discurso sobre la unidad de la humanidad (1869)
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