La historia de la educación en España tiene una deuda pendiente con una generación de mujeres que entendieron la enseñanza no solo como una profesión, sino como una herramienta de transformación social y emancipación democrática. Las maestras de la Segunda República representaron la vanguardia de un proyecto pedagógico que buscaba modernizar el país a través de la cultura y la igualdad. Entre estas figuras destacan dos nombres con luz propia: Julia Vigre García y Alejandra Soler, cuyas vidas son testimonio de resistencia, vocación y dignidad frente a la adversidad.
Para comprender la magnitud del trabajo de Julia y Alejandra, es necesario analizar el contexto legal que las amparaba. Con la llegada de la Segunda República en 1931, España dio un giro radical hacia una educación moderna. La Constitución de 1931 definía la escuela como "única, laica, gratuita y obligatoria".
Bajo la influencia de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), se impulsaron decretos que eliminaron la obligatoriedad de la enseñanza religiosa y promovieron la coeducación (niños y niñas estudiando juntos), una medida que maestras como Julia y Alejandra defendieron fervientemente. El Estado se convirtió en el principal motor de la cultura, creando más de 7.000 escuelas en su primer año y dignificando la figura del maestro con mejores sueldos y una formación universitaria más sólida a través del Plan Profesional de 1931. Este es el espíritu que imbuyó a nuestras protagonistas.
Julia Vigre García personifica la perseverancia del magisterio madrileño. Su formación estuvo ligada desde sus inicios al compromiso ideológico, comenzando su educación en el colegio infantil socialista Salud y Cultura de La Latina. Esta base cívica marcaría toda su trayectoria posterior. Con apenas 18 años, Julia ya había obtenido su título en la Escuela Normal de Magisterio Primario de Madrid, lista para enfrentarse a las aulas de una España que despertaba a la modernidad.
Su carrera comenzó como interina en la escuela de niñas de Valdilecha, antes de ser trasladada al grupo escolar Ramón de la Cruz. En este periodo, su labor docente se entreló con una intensa actividad sindical en la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza (FETE), defendiendo el nuevo modelo de escuela pública que el régimen republicano intentaba consolidar.
El estallido de la Guerra Civil no detuvo su vocación. Julia compaginó la enseñanza con labores de auxilio social, pero el fin del conflicto trajo consigo la Ley de Responsabilidades Políticas y la depuración del magisterio. Para el nuevo régimen franquista, los maestros eran los "principales culpables" de la República por haber enseñado a pensar libremente. Julia fue víctima de los consejos de guerra y condenada a 12 años de reclusión y a 8 años de inhabilitación profesional.
Sin embargo, su espíritu no se quebró. Tras cumplir su sentencia, trabajó en el ámbito privado (Colegio Hispano-Francés) hasta que, en 1960, el Ministerio permitió a los docentes depurados volver a opositar. Julia recuperó su plaza como maestra nacional, ejerciendo con la misma pasión hasta su jubilación. Su labor fue finalmente reconocida por la democracia en 1988, cuando recibió la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio, un acto que simbolizó la rehabilitación de toda una generación de maestros olvidados.
Si Julia Vigre representa la resistencia interior, Alejandra Soler encarna la audacia de la mujer universitaria y la resiliencia en el exilio. Formada en la Institución de Enseñanza para Mujeres y en el instituto Lluís Vives de Valencia, Alejandra fue una pionera absoluta. En 1935, se convirtió en una de las primeras mujeres españolas en licenciarse en Filosofía y Letras.
Su activismo comenzó en las aulas universitarias como parte de la Federación Universitaria Escolar (FUE), donde luchó por una enseñanza científica y moderna, alejada de los dogmas de la dictadura de Primo de Rivera. Alejandra rompió moldes no solo intelectuales, sino también físicos, al integrarse en el grupo de mujeres deportistas de la FUE, practicando atletismo en una época en la que el deporte femenino era visto como una transgresión a las normas de género tradicionales.
La guerra y la posterior derrota la empujaron al exilio en la Unión Soviética. En Moscú, su compromiso con la infancia española se volvió heroico. Como jefa de cátedra de lenguas romances en la Escuela Superior de Diplomacia, Alejandra nunca olvidó su origen ni su vocación por la escuela pública y universal. Durante la Segunda Guerra Mundial, fue la encargada de cuidar a los "niños de la guerra" acogidos por la URSS.
Su momento de mayor coraje ocurrió durante el avance nazi hacia Stalingrado. Alejandra logró salvar la vida de 14 de sus alumnos, cruzando con ellos el río Volga bajo condiciones extremas y constantes bombardeos para alejarlos del frente de batalla. Este acto de protección maternal y docente define su legado: la educación como un refugio de humanidad en medio de la barbarie.
Tanto Julia Vigre como Alejandra Soler compartieron un horizonte común: la defensa de la escuela pública, la igualdad de género y el acceso universal a la cultura. Mientras Julia luchaba desde la clandestinidad y la rehabilitación en España, Alejandra mantenía viva la llama de la lengua y la cultura española en el extranjero.
Ambas representan los ideales de una legislación educativa que buscó sacar a España de la oscuridad del analfabetismo. Nos enseñan que la verdadera maestría no reside solo en los libros, sino en la capacidad de defender los valores democráticos incluso cuando el mundo parece desmoronarse. Su memoria es, hoy más que nunca, una lección de libertad y compromiso civil.
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