La Segunda República Española (1931-1939) no solo fue un proyecto político, sino, ante todo, un ambicioso proyecto educativo. Bajo el lema de que "la libertad se aprende en la escuela", una generación de docentes se propuso transformar un país sumido en el analfabetismo y el dogmatismo. Entre estos "ejércitos de la luz", destacan dos figuras cuyas trayectorias representan la cúspide intelectual y el sacrificio trágico de aquel magisterio: José Ballester Gozalvo y Antoni Benaiges.
José Ballester Gozalvo no fue solo un maestro; fue un polímata que entendió la educación como la columna vertebral de la democracia. Abogado, periodista, político y docente, Ballester personificó la excelencia académica puesta al servicio del pueblo.
Su formación estuvo ligada al movimiento de la Escuela Nueva, una corriente que buscaba romper con la enseñanza memorística y autoritaria. Como catedrático en la Escuela Normal de Segovia, Ballester vivió una etapa fundamental. Allí no solo ejerció la docencia, sino que se integró en la vibrante vida cultural de la ciudad, donde entabló una profunda amistad con el poeta Antonio Machado.
Ambos compartían tertulias en la Universidad Popular Segoviana, un proyecto destinado a llevar la cultura a las clases trabajadoras. Machado, que ocupaba la cátedra de francés, encontró en el joven Ballester a un aliado intelectual. Juntos soñaron con una España que superara la "Castilla de ceniza" para convertirse en una nación de ciudadanos críticos. Esta conexión no fue solo académica; fue una hermandad de principios que Ballester llevaría consigo hasta la Dirección General de Primera Enseñanza, aplicando la sensibilidad humanista que ambos cultivaron en las tierras segovianas.
Su compromiso lo llevó a la gestión pública. Tras un breve paso por la política activa entre 1931 y 1933, se trasladó a Madrid para formar parte de uno de los proyectos más hermosos de la República: las Misiones Pedagógicas. Como vocal del Patronato, trabajó para llevar bibliotecas, museos ambulantes y teatro a las aldeas más remotas de España, convencido de que la cultura era un derecho universal.
En 1936, con el triunfo del Frente Popular, fue nombrado Director General de Primera Enseñanza, bajo el ministerio de Francisco Barnés. Desde allí, intentó consolidar la escuela pública, laica y gratuita, antes de que el estallido de la Guerra Civil truncara sus planes.
Tras la derrota republicana, Ballester partió al exilio en París. Lejos de rendirse, se convirtió en un miembro activo del Gobierno de la República en el exilio. Su labor periodística y política fue incansable, hostigando diplomáticamente a los gobiernos de Francia y Estados Unidos por su colaboracionismo y reconocimiento de la dictadura franquista.
Si Ballester representa la estructura y la ley de la educación republicana, Antoni Benaiges encarna la práctica transformadora en el aula y el martirio del docente rural.
Benaiges llegó al pequeño pueblo burgalés de Bañuelos de Bureba con un tesoro bajo el brazo: las técnicas de Célestin Freinet. Esta pedagogía se basaba en el "tanteo experimental" y en dar la palabra al niño, eliminando los libros de texto estándar para crear otros nuevos nacidos de la propia experiencia infantil.
Los pilares de su método incluían:
La Imprenta Escolar: El aula se convirtió en una redacción. Los niños componían tipos de plomo, entintaban los rodillos y daban vida a sus propios textos.
El Texto Libre: Los alumnos escribían sobre lo que sentían o veían: la nieve, la cosecha, sus familias. No había censura ni temas impuestos.
La Correspondencia Interescolar: Los cuadernos viajaban a otras escuelas Freinet de España y Francia, rompiendo el aislamiento del pequeño pueblo burgalés.
La Asamblea: Los conflictos y normas se decidían de forma colectiva, enseñando democracia práctica desde los seis años.
Fue en este contexto donde surgió su promesa más famosa: llevar a sus alumnos a ver el mar por primera vez en su Cataluña natal. El cuaderno "El Mar: visión de unos niños que no lo han visto nunca" es el testimonio de esa ilusión truncada.
El mar nunca llegó. En julio de 1936, con el estallido del golpe de Estado, Benaiges fue detenido de inmediato. Fue torturado (le arrancaron los dientes antes de pasearlo por el pueblo) y fusilado, desapareciendo su cuerpo en las fosas comunes de los Montes de Oca.
La represión no se conformó con su vida; buscaron borrar su memoria. Falangistas quemaron frente a la escuela todo el material pedagógico: la imprenta, los rodillos y los cuadernos. La mayoría de las familias, aterrorizadas, deshicieron el material que guardaban por miedo a las represalias. Solo gracias al valor de su familia y al hallazgo de algunos manuscritos originales, hoy podemos reconstruir la historia del maestro que quiso regalar el océano a unos niños de campo.
Las vidas de Ballester y Benaiges convergen en un mismo ideal: la educación como herramienta de emancipación.
Ballester Gozalvo luchó desde las instituciones para que el sistema educativo fuera sólido y democrático, inspirado por la altura ética de Machado.
Antoni Benaiges demostró que, con una pequeña imprenta y mucho respeto por la infancia, se podía abrir el mundo entero en una humilde escuela rural.
Hoy, recordar sus nombres es un acto de justicia histórica. Sus historias nos recuerdan que, aunque se pueden quemar los libros y fusilar a los maestros, las ideas de libertad y el deseo de aprender son, en última instancia, indestructibles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario